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Nidar
— Glosario · Letra R

Registro cardiotocográfico (CTG)

Prueba que registra simultáneamente el ritmo cardíaco del bebé y las contracciones uterinas mediante dos sensores externos colocados en el abdomen. Permite detectar si el bebé tolera bien las contracciones y si hay signos de sufrimiento fetal.

El vocabulario del trazado, línea por línea

En el papel hay dos líneas. La de arriba es la frecuencia cardiaca del bebé y la de abajo, la actividad del útero. De la primera se describen siempre cuatro cosas. La línea de base es la frecuencia media excluyendo subidas y bajadas, mirada a lo largo de diez minutos: NICE la considera normal y sin ninguna señal de alerta entre 110 y 160 latidos por minuto, en ámbar entre 100 y 109, y en rojo por debajo de 100 o por encima de 160. La variabilidad es cuánto oscila esa línea de un latido a otro, y es el parámetro que mejor refleja que el sistema nervioso del bebé está despierto y bien oxigenado: lo normal es de 5 a 25 latidos por minuto.

Las aceleraciones son subidas transitorias de la frecuencia, y son buena señal: si las hay, la acidosis fetal es improbable. Las deceleraciones son bajadas, y aquí importa cuándo ocurren respecto a la contracción. Las precoces coinciden con la contracción y se atribuyen a la compresión de la cabeza: son las más benignas. Las variables no guardan relación fija con la contracción y suelen reflejar compresión del cordón; son las más frecuentes y casi siempre transitorias. Las tardías empiezan después del pico de la contracción y se recuperan tarde, y son las que preocupan, porque sugieren que la placenta no está entregando oxígeno suficiente mientras el útero se contrae. También se describe la dinámica uterina, en la línea de abajo: NICE considera normal hasta cuatro contracciones en diez minutos y marca en ámbar cinco o más, porque un útero que se contrae sin descanso no deja a la placenta tiempo para recargar oxígeno.

Reactivo, no reactivo, normal, sospechoso, patológico

Si el registro se hace antes del parto y sin contracciones, el término que verás es «reactivo» o «no reactivo». Un registro se considera reactivo cuando aparecen dos o más aceleraciones de la frecuencia cardiaca en un periodo de veinte minutos de monitorización. Un registro no reactivo no significa que el bebé esté mal: lo más habitual es que estuviera dormido, y por eso se prolonga la prueba, se le estimula o se repite. Solo si sigue sin reaccionar se pasa a otras pruebas, como el perfil biofísico o el Doppler.

Durante el parto la clasificación es otra. NICE puntúa por separado contracciones, línea de base, variabilidad y deceleraciones en blanco, ámbar o rojo, y con eso el trazado entero sale normal (todo blanco), sospechoso (un solo parámetro en ámbar) o patológico (algún parámetro en rojo, o dos o más en ámbar). Otras unidades usan la clasificación FIGO de 2015, con los mismos tres niveles, o las categorías I, II y III del sistema americano. «Sospechoso» no es una urgencia: lo que dispara es una reevaluación completa y medidas conservadoras —cambiar de postura, hidratar, bajar o parar la oxitocina—, no un quirófano. Y un matiz que tranquiliza: la propia guía recuerda que, si hay aceleraciones en el trazado, la acidosis fetal es improbable, aunque haya otros parámetros en ámbar.

«Me han dicho que el registro no era bueno»

Lo primero que conviene saber es que interpretar un trazado es mucho menos exacto de lo que parece. En un estudio en el que seis matronas clasificaron cien registros intraparto con la guía FIGO 2015, la concordancia global entre ellas fue solo «aceptable» (kappa de 0,35). La mejor coincidencia fue en los trazados normales (0,50) y la peor, precisamente en el parámetro más importante: la variabilidad, con una kappa de 0,20, que es concordancia pobre. Es decir, dos profesionales competentes mirando el mismo papel pueden clasificarlo distinto, y eso explica que a veces te digan cosas diferentes en dos turnos. No es un fallo de nadie: el trazado es una señal indirecta y ruidosa, y la variabilidad se juzga a ojo sobre un papel que avanza a un centímetro por minuto.

Lo segundo es la evidencia incómoda. La revisión Cochrane sobre monitorización continua durante el parto reúne 13 ensayos y más de 37.000 mujeres, y el resultado lleva décadas siendo el mismo: comparada con la auscultación intermitente, la monitorización continua no reduce la mortalidad perinatal (RR 0,86; IC 95 % 0,59-1,23) ni las tasas de parálisis cerebral (RR 1,75; IC 95 % 0,84-3,63), sí reduce a la mitad las convulsiones neonatales (RR 0,50; IC 95 % 0,31-0,80), y aumenta las cesáreas (RR 1,63) y los partos instrumentales (RR 1,15). Por eso en un embarazo de bajo riesgo y un parto que va bien no hay motivo para estar enganchada al monitor todo el rato: la auscultación intermitente es una opción válida, y puedes preguntarlo. Si el registro se clasifica como patológico, lo que toca es una revisión urgente del equipo y valorar causas corregibles antes de nada; que te lo expliquen y te digan qué han visto exactamente es parte del proceso, no una molestia. Nada de esto significa que el monitor sea inútil: significa que es una herramienta con mucho ruido, que se interpreta junto al resto del cuadro clínico y no en solitario.