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Nidar
— Glosario · Letra H

Hipospadias

Malformación del pene en la que el orificio por donde sale la orina no está en la punta, sino más abajo: en la cara inferior del glande, en el tronco del pene o, en los casos graves, cerca del escroto. Se ve al nacer, casi siempre con un prepucio incompleto, y se opera entre los 6 y los 18 meses.

Qué es y cuántos niños nacen con él

La uretra, el conducto que lleva la orina desde la vejiga, se forma en el feto como un surco que se va cerrando desde la base del pene hacia la punta. En el hipospadias ese cierre se queda a medias y el orificio, el meato, desemboca antes de llegar a su sitio. Al verlo, lo que llama la atención no suele ser el meato sino el prepucio: en lugar de cubrir el glande entero, forma una especie de capucha abierta por debajo, con toda la piel concentrada en la parte de arriba. Muchos niños tienen además el pene algo curvado hacia abajo, lo que se llama incurvación o «chordee», que se nota sobre todo en las erecciones.

Es una de las malformaciones congénitas más frecuentes en los niños, aunque la cifra cambia mucho según dónde se mida. La guía de urología pediátrica de la Asociación Europea de Urología (EAU) recoge 18,6 casos por cada 10.000 varones nacidos en el registro europeo EUROCAT, en torno a 1 de cada 540, y 34,2 por 10.000 en Norteamérica, en torno a 1 de cada 290; la Academia Americana de Pediatría habla de hasta 1 de cada 125. Entre los factores asociados, la EAU cita tener otro familiar con hipospadias (ocurre en el 7-12,9 % de las familias), el bajo peso o el crecimiento intrauterino restringido, la hipertensión y la preeclampsia de la madre, probablemente por un origen placentario común, y la diabetes, tanto previa como gestacional.

Leve o grave: lo que decide todo

El hipospadias se clasifica por dónde está el meato. El distal o anterior, en el glande o justo debajo, es la forma leve; el intermedio, en el tronco del pene; y el proximal o posterior, en la unión con el escroto, el propio escroto o el periné, la forma grave. La EAU añade que la posición del orificio no lo explica todo: también pesan la curvatura, el tamaño del glande y la calidad de la placa uretral. La diferencia se nota en los resultados. En las formas distales la reparación primaria tiene un éxito del 85-90 % y la técnica más usada, llamada TIP, complicaciones por debajo del 10 %, con fístulas en el 3-4 %; en las proximales las complicaciones oscilan entre el 14 y el 68 %, y a menudo se opera en dos tiempos.

Hay un matiz que las páginas sobre el tema suelen saltarse: no todas las formas leves obligan a operar. La EAU reconoce que la evolución sin cirugía está mal documentada y que los estudios en hombres adultos con hipospadias distal no corregido se contradicen. Los primeros describían micción, sexualidad y satisfacción normales; los más recientes, chorro desviado, curvatura, dolor en las relaciones y descontento con el aspecto, y más de la mitad de esos hombres acabaron pidiendo la operación. Por eso la guía distingue entre cirugía funcionalmente necesaria (meato muy bajo, chorro desviado, estenosis, curvatura de 30 grados o más) y cirugía estética, y pide explicar bien a la familia los beneficios y las posibles complicaciones antes de decidir.

Si te lo han dicho al nacer: lo que conviene hacer y no hacer

Lo más urgente es algo que no hay que hacer: no circuncidar. En la reparación se usa a menudo la piel del prepucio, como colgajo o como injerto para construir la uretra nueva, y la Academia Americana de Pediatría advierte que la circuncisión puede dificultar la cirugía; si hay sospecha de hipospadias, se deja el prepucio intacto hasta que lo valore el urólogo o cirujano pediátrico. Tampoco hacen falta pruebas de imagen de rutina: la EAU recomienda no hacerlas en el hipospadias aislado. Lo que sí debe hacer el pediatra es mirar los testículos. Si además de hipospadias hay criptorquidia, y sobre todo si no se palpan los dos testículos, la guía pide un estudio genético y hormonal pronto para descartar una diferencia del desarrollo sexual, en especial la hiperplasia suprarrenal congénita.

La edad habitual de la operación es entre los 6 y los 18 meses, y la Academia Americana de Pediatría prefiere empezar hacia los 6: el riesgo de la anestesia ya es bajo y el niño todavía no anda ni ha empezado a quitarse el pañal. Hasta entonces, el pañal y la higiene son los de cualquier bebé. Conviene ir con expectativas realistas: el objetivo es un pene recto con el meato en la punta, pero las complicaciones pueden aparecer años después, y un estudio que recoge la EAU encontró un 48 % de reintervenciones en los primeros 15 años de vida, más en las formas proximales. De ahí que la guía recomiende seguimiento hasta después de la pubertad. La buena noticia es que la función sexual suele conservarse bien, y los estudios en adolescentes operados muestran que ellos están a menudo más satisfechos con el resultado que sus padres y sus cirujanos.