Calostro
El primer líquido que producen los pechos, antes de que suba la leche. Es denso, amarillento y tremendamente nutritivo: concentra anticuerpos y factores de crecimiento esenciales para el recién nacido. Sale en cantidades de mililitros, y eso es lo normal: el estómago del recién nacido es diminuto.
No es leche floja: es otra cosa, con otro trabajo
El calostro es el primer fluido que produce el pecho tras el parto, y de hecho ya está fabricado desde el segundo trimestre del embarazo, esperando. Es distinto de la leche madura en volumen, en aspecto y en composición, y esa diferencia no es un defecto: es el diseño. Concentra componentes inmunológicos —inmunoglobulina A secretora, lactoferrina, leucocitos vivos— y factores de desarrollo como el factor de crecimiento epidérmico, cuyo nivel medio en el calostro es unas 2.000 veces superior al del suero materno. Por el contrario, tiene concentraciones relativamente bajas de lactosa, lo que indica que su función principal es inmunológica y trófica, no nutricional en el sentido de aportar calorías. También tiene más sodio, cloro y magnesio, y menos potasio y calcio, que la leche posterior.
Los leucocitos merecen un párrafo aparte porque explican por qué el calostro se describe a veces como una transfusión. En la lactancia temprana, un bebé amamantado puede ingerir hasta 10.000 millones de leucocitos maternos al día, y en torno al 80 % de las células de esa leche inicial son macrófagos que han salido de la sangre de la madre y han migrado al pecho. A eso se suma que el calostro recubre un intestino que acaba de estrenarse y todavía es permeable, y que tiene un efecto laxante suave que ayuda a expulsar el meconio, lo cual a su vez arrastra bilirrubina y limita la ictericia. Todo eso se hace con muy poco líquido, y por eso el volumen es pequeño a propósito.
Cuántos mililitros son de verdad, y por qué bastan
Aquí está el dato que desmonta el «no tengo leche». En el estudio de Saint, Smith y Hartmann, que pesó a los bebés antes y después de cada toma con una balanza electrónica desde el nacimiento, la producción media de las primeras 24 horas fue de 37,1 gramos en todo el día —con un rango entre 7 y 122,5 gramos—, es decir, unos pocos mililitros por toma. El día 3 la media ya era de 408 gramos al día y el día 5 de 705. Repartidos entre ocho o doce tomas, eso significa que en las primeras 24 horas lo esperable es sacar gotas o unos pocos mililitros cada vez, y que a las 48-72 horas el volumen se multiplica por diez sin que nadie haga nada distinto. Si mides el primer día con la vara del biberón, siempre vas a concluir que no hay leche. Con la vara correcta, hay exactamente lo que tiene que haber.
La otra mitad de la explicación es el tamaño del receptor. Una revisión de los estudios que han medido la capacidad gástrica del recién nacido concluye que en torno al nacimiento es de unos 20 mililitros, lo que se traduce en un intervalo entre tomas de aproximadamente una hora en un bebé a término, que además coincide con el tiempo de vaciado gástrico de la leche humana y con su ciclo de sueño. Es decir: estómago pequeño, tomas muy frecuentes, volúmenes diminutos. Un bebé que pide cada hora los primeros días no está pasando hambre ni «se ha quedado con ganas»; está funcionando como está previsto, y esa succión frecuente es justo la señal que dispara la subida. La activación secretora —lo que todo el mundo llama «subida de la leche»— ocurre en los primeros días tras el parto y se considera retrasada cuando pasa de las 72 horas, algo más frecuente tras un parto prematuro o con obesidad materna. Después viene la leche de transición, que va de los cinco días a las dos semanas, y la leche se considera plenamente madura hacia las cuatro a seis semanas.
«Llevo dos días y apenas sale nada»: qué mirar y qué es de verdad una alarma
Lo primero, el peso. Que un recién nacido pierda peso los primeros días es prácticamente universal y no significa que la lactancia vaya mal. Los nomogramas de pérdida de peso construidos con 161.471 recién nacidos a término del sistema Kaiser Permanente lo cuantifican hora a hora y muestran algo que conviene saber antes de agobiarse: casi el 5 % de los nacidos por vía vaginal y más del 10 % de los nacidos por cesárea habían perdido un 10 % o más de su peso al nacer a las 48 horas, y a las 72 horas más del 25 % de los de cesárea estaban en esa situación. El umbral del 10 % no es una frontera entre normal y patológico, es el punto en el que se mira con lupa la toma, se valora el enganche y a veces se suplementa; la vía del parto cambia mucho la curva, y por eso un bebé de cesárea no se juzga con el mismo listón.
Las señales que sí importan son concretas. Pañales: hacia el tercer o cuarto día deberían ser al menos tres o cuatro mojados y varias deposiciones al día, y las heces tienen que haber pasado del negro del meconio al verde de transición y después al amarillo. Que el bebé siga expulsando meconio al cuarto o quinto día, que haga menos pañales de los esperados, que esté tan dormido que no pida, que no se le oiga tragar en las tomas, que la piel o el blanco de los ojos se pongan amarillos, o una pérdida de peso que siga aumentando pasadas las 72 horas: cualquiera de esas cosas es motivo para que te vean ese mismo día, no para esperar a la revisión. El pecho blando y el «no noto nada» no están en esa lista.
Y si tu bebé está ingresado o no puede mamar, el calostro sigue siendo tratamiento. La extracción manual en las primeras horas —unos minutos por pecho, recogiendo en una jeringa lo que salen gotas— es lo que se pide en las unidades neonatales para dárselo al bebé por sonda o directamente en la boca, y es también lo que pone en marcha la producción cuando no hay succión. Unas décimas de mililitro tienen sentido ahí: no se trata de alimentarle todavía, sino de darle la parte inmunológica. Pedir ayuda de la matrona o de una asesora de lactancia esos primeros días es lo más eficaz que puedes hacer, mucho más que medir.