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Nidar
— Glosario · Letra S

Suelo pélvico

Conjunto de músculos, ligamentos y tejidos que cierran la parte inferior de la pelvis y sostienen la vejiga, el útero y el recto. El embarazo y el parto lo someten a una gran presión; entrenarlo durante el embarazo previene los escapes, y tras el parto conviene una valoración por fisioterapia si hay síntomas o factores de riesgo, como un parto instrumental o un desgarro del esfínter.

Cuántas mujeres tienen escapes después del parto, y quién tiene más riesgo

Los escapes de orina después de dar a luz son tan frecuentes que mucha gente los da por normales, y esa es precisamente la trampa. Según la revisión Cochrane de 2020 sobre entrenamiento del suelo pélvico en el embarazo y el posparto, alrededor de un tercio de las mujeres tiene incontinencia urinaria después del parto y hasta una de cada diez tiene incontinencia fecal, que incluye los escapes de gases. Que sea frecuente no quiere decir que haya que aguantarlo en silencio: es un problema con tratamiento, y cuanto antes se consulte, mejor. Y no empieza en el parto: los escapes también aparecen durante el embarazo, que es justo cuando la prevención funciona mejor.

La guía NICE de 2021 sobre disfunción del suelo pélvico identifica a quién conviene ofrecer un programa supervisado de entrenamiento de tres meses, en vez de dejarlo a la iniciativa de cada una. En el embarazo, desde la semana 20, a las mujeres cuya madre o hermana tiene problemas de suelo pélvico. Después del parto, a quienes tuvieron un parto instrumental con fórceps o ventosa, un parto vaginal con el bebé mirando hacia arriba (occipitoposterior) o una lesión del esfínter anal. Si estás en alguno de esos grupos, es razonable pedir la derivación a fisioterapia en la revisión posparto aunque todavía no tengas síntomas. La misma guía recomienda animar a todas las mujeres a entrenar el suelo pélvico durante el embarazo y después, y a seguir haciéndolo toda la vida.

Lo que el entrenamiento previene, y lo que todavía no está demostrado

La Cochrane de 2020 reúne 46 ensayos con 10.832 mujeres de 21 países, y su resultado más sólido es preventivo. Las embarazadas sin escapes que hacían un entrenamiento estructurado desde el principio del embarazo tuvieron un 62 % menos de riesgo de incontinencia al final de la gestación (riesgo relativo 0,38) y un 29 % menos entre los tres y los seis meses después del parto (RR 0,71, evidencia de calidad alta). Cuando los programas se ofrecían a todas las embarazadas, tuvieran o no escapes, el efecto era menor: un 22 % menos al final del embarazo. Y un programa posparto dirigido a toda la población, sin seleccionar, probablemente no reduce la incontinencia.

El matiz que casi nadie cuenta es el del tratamiento. En mujeres que ya tienen escapes persistentes después del parto, la revisión no encontró pruebas firmes de que el entrenamiento cambie la situación a los seis-doce meses (RR 0,55, con un intervalo de confianza que incluye la ausencia de efecto y evidencia de baja calidad). Los autores lo señalan como una incertidumbre que contrasta con la eficacia bien establecida en mujeres de mediana edad, y apuntan a que el efecto podría ser mayor en programas dirigidos a grupos concretos que en los genéricos. Esto no significa que no merezca la pena: la NICE sigue recomendando entrenamiento supervisado durante al menos tres meses a cualquier mujer, embarazada o no, con incontinencia de esfuerzo o mixta. Significa que el entrenamiento supervisado e individualizado es lo que tiene sentido, no una hoja de ejercicios al alta.

El mito de «haz Kegel y listo» y cuándo volver a correr

Hay un estudio antiguo que explica por qué insistimos en lo de supervisado. En 1991 se midió la presión de cierre de la uretra a 47 mujeres mientras hacían una contracción de Kegel tras recibir una explicación verbal breve y estandarizada. Solo 23, el 49 %, hicieron una contracción ideal, que aumentaba el cierre de la uretra sin empujar. Y 12, una de cada cuatro, hacían algo que podía favorecer la incontinencia, básicamente empujar hacia abajo, como en una maniobra de Valsalva, en lugar de contraer y elevar. Ni la edad, ni el número de partos, ni el peso predecían quién lo hacía bien. La conclusión de los autores sigue siendo válida: una explicación de palabra o por escrito no basta para empezar un programa de ejercicios, y una técnica mal aprendida puede ir justo en contra de lo que se busca.

Sobre la vuelta al deporte de impacto no hay ensayos que fijen una fecha, y conviene desconfiar de quien la da con demasiada seguridad. Existen guías de consenso para volver a correr tras el parto; un estudio de 2026 que diseñó con madres y profesionales una guía por etapas propone reconstruir la base en las primeras 6-12 semanas y reintroducir la carrera entre las semanas 12 y 18, con una lista de criterios previos que incluye el suelo pélvico. En su encuesta, la mediana de vuelta a correr fue a las 12 semanas, y solo el 35 % de las corredoras conocía esas recomendaciones. Los propios autores advierten de que su guía aún no se ha probado. Como regla práctica, los escapes, la sensación de peso o bulto en la vagina o el dolor al correr son señales para frenar y consultar, no para apretar más.