Prostaglandinas
Sustancias similares a las hormonas que ablandan y abren el cuello del útero y favorecen las contracciones. En la inducción del parto se usan para madurar el cuello: la dinoprostona, en gel o en un dispositivo vaginal que se puede retirar, y el misoprostol, en comprimidos por boca o por vía vaginal. No se suelen usar si hay una cesárea anterior.
Dos fármacos con el mismo fin: dinoprostona y misoprostol
Las prostaglandinas son sustancias que el propio cuerpo fabrica al final del embarazo para ablandar, acortar y abrir el cuello del útero antes de que empiecen las contracciones. Cuando hay que inducir el parto con un cuello todavía cerrado y duro, se dan en forma de fármaco para adelantar ese paso, que se llama maduración cervical. En la práctica se usan dos. La dinoprostona es una prostaglandina E2 que se coloca en la vagina en forma de gel o de dispositivo de liberación lenta, una especie de tira con un cordón que permite retirarla en cuanto hace falta. El misoprostol es una prostaglandina E1 que se da en comprimidos, por boca o por vía vaginal, y en dosis mucho más bajas que las que se usan con otros fines.
La comparación entre los dos tiene más evidencia de la que parece. La revisión Cochrane de 2021 sobre misoprostol oral a dosis bajas reunió 61 ensayos con más de 20.000 mujeres. Frente a la dinoprostona vaginal, el misoprostol oral probablemente reduce las cesáreas, con un riesgo relativo de 0,84 en 13 ensayos y casi 9.700 mujeres, y reduce a la mitad la hiperestimulación con cambios en el latido fetal. El precio es que el parto puede tardar algo más: hay menos partos vaginales dentro de las primeras 24 horas. Frente al misoprostol vaginal, la vía oral produce menos hiperestimulación y menos cesáreas por riesgo de pérdida de bienestar fetal, con una cesárea global parecida. La dosis cuenta: el beneficio aparece con 10-25 microgramos, y no con 50. El misoprostol oral también sale bien parado frente al balón: en seis ensayos con casi 3.000 mujeres, probablemente reduce las cesáreas respecto a la sonda de Foley, con un riesgo relativo de 0,84.
Hiperestimulación y cesárea anterior: los dos límites
El efecto secundario que se vigila con las prostaglandinas es la hiperestimulación: contracciones demasiado seguidas o demasiado largas que no dejan al útero descansar entre una y otra, y que pueden reducir el oxígeno que le llega al bebé. Por eso, mientras actúa la prostaglandina, se hace registro del latido fetal y de las contracciones en los momentos clave, y por eso el dispositivo de dinoprostona tiene cordón: si aparece hiperestimulación, lo primero es retirarlo, y el efecto va cediendo. Con los comprimidos no hay nada que retirar, y esa es una de las razones de que se usen dosis pequeñas repetidas en lugar de una dosis grande. La revisión Cochrane se limitó de hecho a dosis iniciales de 50 microgramos o menos porque las dosis más altas suponen un riesgo de hiperestimulación que los autores consideran inaceptable.
La cesárea anterior es el otro límite, y aquí las cifras son claras. En un estudio poblacional con más de 20.000 mujeres con una cesárea previa, la rotura uterina ocurrió en 1,6 por cada 1.000 cesáreas programadas sin parto, 5,2 por 1.000 partos de inicio espontáneo, 7,7 por 1.000 inducciones sin prostaglandinas y 24,5 por 1.000 inducciones con prostaglandinas. Comparado con la cesárea programada, inducir con prostaglandinas multiplicaba el riesgo de rotura por más de quince. Por eso, si tienes una cesárea anterior y hay que inducir, lo habitual es recurrir a métodos mecánicos como el balón y a la oxitocina, y evitar las prostaglandinas, en especial el misoprostol.
Si te van a inducir, y lo que no hace el semen
Si te han dicho que te van a poner prostaglandinas, lo esperable es que tardes horas, a veces más de un día, en notar contracciones de parto, sobre todo si el cuello está muy cerrado: el objetivo de esta fase no es que nazca el bebé sino que el cuello cambie. Es normal notar molestias tipo regla o contracciones irregulares, y si el cuello no ha cambiado lo suficiente se puede repetir la dosis o pasar a otro método; la rotura de la bolsa y la oxitocina llegan después, cuando el cuello ya lo permite. Lo que hay que avisar enseguida es una contracción que no cede, contracciones sin descanso entre ellas, sangrado abundante, pérdida de líquido o que notes al bebé moverse menos. Y si tienes una cicatriz en el útero, de una cesárea o de una miomectomía, asegúrate de que el equipo lo tiene presente antes de elegir el método.
Sobre los métodos caseros, el más repetido es el sexo, con la idea de que el semen contiene prostaglandinas. Es cierto que el semen es la fuente biológica con más concentración de prostaglandinas, pero eso no se traduce en un efecto medible: un metaanálisis de tres ensayos aleatorizados con 1.483 mujeres a término encontró que las que fueron asignadas a mantener relaciones sexuales iniciaron el parto espontáneamente con la misma frecuencia que las del grupo control, con un riesgo relativo de 1,02. La conclusión útil va en las dos direcciones: el sexo no sirve para ponerte de parto, pero en un embarazo de bajo riesgo tampoco hay motivo para evitarlo. Las prostaglandinas que funcionan son las que se dosifican y se vigilan en el hospital.
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