Cefalohematoma
Acumulación de sangre entre un hueso del cráneo del recién nacido y la membrana que lo recubre, el periostio, por la presión del parto. Forma un bulto limitado a un solo hueso que aparece en las horas siguientes al nacimiento, es más frecuente tras un parto con ventosa y tarda semanas en reabsorberse.
Un bulto que llega tarde y se va despacio
El cefalohematoma es sangre acumulada por debajo del periostio, la membrana que envuelve cada hueso del cráneo por fuera. Como el periostio está pegado al hueso por sus bordes, la sangre queda encerrada en un solo hueso —casi siempre uno de los parietales, en la parte alta y lateral de la cabeza— y el bulto no cruza las suturas ni la línea media. Esa es la diferencia con el caput succedaneum, que tiene su propia ficha: el caput es edema, está ya al nacer y se va en un par de días; el cefalohematoma sangra despacio, así que suele notarse horas después del parto, a veces al día siguiente, y se hace más evidente en los primeros días en vez de bajar. Al principio es blando y tenso, como un globo de agua pequeño bajo la piel, y la piel de encima tiene color normal.
La causa es mecánica: el roce y la tracción del hueso contra el canal del parto, o de la copa de la ventosa contra la cabeza, despegan el periostio y rompen vasos pequeños. En un ensayo aleatorizado con 322 partos con ventosa, 37 bebés tuvieron un cefalohematoma. Lo que más pesó fue la cabeza mal alineada con la pelvis (el asinclitismo) y el tiempo que la copa estuvo puesta: cuanto más se alargaba la aplicación, más cefalohematomas, aunque incluso cuando pasaban más de cinco minutos desde que se colocaba hasta que nacía el bebé, solo el 28 % lo tuvo. El peso del bebé y la semana de gestación no marcaron diferencias. Dicho de otro modo: es una huella del parto, no un signo de que el bebé tenga un problema de coagulación o de que alguien haya hecho algo mal.
Las dos complicaciones que conviene conocer, y lo raras que son
La mayoría se reabsorben en el primer mes sin dejar rastro. Cuando la reabsorción se alarga más allá de ese mes, el cefalohematoma suele empezar a calcificarse: el periostio despegado fabrica hueso nuevo alrededor de la sangre y el bulto, que era blando, se vuelve duro, a veces con un reborde que se nota al pasar el dedo. Suena peor de lo que es. En la serie de la Universidad de Michigan, 25 años de cefalohematomas calcificados revisados por cirujanos plásticos y neurocirujanos, de 72 bebés solo 30 acabaron operados, a una edad media de 8,6 meses, porque el bulto deformaba el contorno del cráneo; los otros 42 se quedaron en observación. Todos los operados mejoraron la forma de la cabeza. Es una complicación estética, que se valora con calma y con meses por delante, no una urgencia.
La otra es la infección, y es rara de verdad: un hospital de Taiwán reunió 28 casos en 26 años. Lo interesante de esa serie es cuándo aparece: de media a los 17,8 días de vida, es decir, en casa y mucho después del alta. Los signos locales fueron la piel roja encima del bulto (79 %), que el bulto volviera a crecer (68 %) o se notara fluctuante, con líquido que se mueve (46 %); y los generales, fiebre (64 %), comer mal (39 %) e irritabilidad. El germen más frecuente fue Escherichia coli, en más de la mitad, y en un tercio de los bebés había otra infección asociada, como sepsis o meningitis. Por eso un cefalohematoma que se pone rojo o que crece a las dos semanas no se espera: se consulta ese día.
Si lo pone en el informe del alta: qué esperar semana a semana
Que el informe diga «cefalohematoma parietal derecho», por ejemplo, describe un moratón por debajo del hueso, no una lesión del cerebro: la sangre está por fuera del cráneo. No necesita tratamiento. No se masajea ni se pincha para vaciarlo, porque la sangre se coagula y la punción no la saca, y meter una aguja es precisamente la puerta de entrada de la infección descrita arriba. Lo esperable es que el bulto se mantenga o crezca un poco en los primeros días, que después vaya bajando a lo largo de semanas y que, si tarda, se endurezca. El bebé puede apoyar la cabeza sobre ese lado, bañarse con normalidad y ponerse gorro; no le duele al tocarlo más allá de los primeros días.
Lo que sí hay que vigilar tiene nombre. En la primera semana, la ictericia: esa sangre se degrada en bilirrubina y puede hacer que el bebé se ponga más amarillo, así que si ves la piel o el blanco de los ojos amarillos, o el bebé está muy dormido y come mal, llama al pediatra. A partir de la segunda semana, la infección: piel roja o caliente sobre el bulto, que vuelva a crecer después de haber bajado, fiebre o un bebé irritable que rechaza las tomas. Y en las revisiones, el calendario: si pasado el primer o el segundo mes el bulto sigue ahí y se ha puesto duro, díselo al pediatra para que lo valore y, si deforma la cabeza, lo derive. Lo normal, con diferencia, es que no haga falta nada de eso.