Endometrio
La capa interna del útero que se renueva en cada ciclo menstrual. Durante el embarazo, el embrión se implanta en el endometrio, que se transforma en decidua: el tejido que lo recibe, forma la parte materna de la placenta y se mantiene hasta el parto.
De capa que se cae cada mes a decidua: qué cambia al quedarte embarazada
El endometrio es la mucosa que tapiza por dentro la cavidad del útero. En cada ciclo crece bajo el efecto de los estrógenos, se prepara en la segunda mitad bajo el de la progesterona y, si no hay embarazo, se desprende con la regla. Por eso su grosor en una ecografía depende tanto del día del ciclo en que se mida: fino justo después de la regla, más grueso y con aspecto en capas antes de la ovulación, homogéneo y brillante después. Un número de milímetros sin la fecha del ciclo al lado dice muy poco.
Si hay embarazo, el endometrio no se cae: se transforma. Ese proceso se llama decidualización y convierte la mucosa en la decidua, un tejido cargado de nutrientes y de células inmunitarias que recibe al embrión, le deja anclarse y controla hasta dónde penetra la placenta. La decidua no desaparece cuando se forma la placenta, como a veces se lee: forma su parte materna y acompaña al embarazo hasta el final, y es precisamente la capa por la que la placenta se despega en el alumbramiento. Por eso lo que se expulsa en los loquios de las primeras semanas tras el parto es, en buena parte, decidua que se renueva.
El «endometrio fino» en reproducción asistida: menos determinante de lo que parece
Pocas frases angustian tanto en una clínica de fertilidad como «tienes el endometrio fino». El umbral que más se repite es 7 mm, y tiene una base real: en el metaanálisis de Kasius y colaboradores, con 22 estudios de FIV, la probabilidad de embarazo clínico con un endometrio de 7 mm o menos fue del 23,3 %, frente al 48,1 % por encima de esa cifra. Pero el mismo trabajo añade dos datos que casi nunca se cuentan. El primero, que un endometrio tan fino es raro: apareció solo en el 2,4 % de los ciclos. El segundo, que como prueba para predecir quién se quedará embarazada, el grosor tiene una capacidad de discriminación «prácticamente nula». Los autores concluyen que no está justificado usarlo por sí solo para cancelar un ciclo, congelar todos los embriones o abandonar el tratamiento.
Los estudios grandes posteriores confirman las dos caras. En una cohorte de 26.127 mujeres publicada en 2026, la probabilidad acumulada de tener un bebé con una punción subía con cada milímetro de endometrio, del 45,4 % por debajo de 8 mm al 74,6 % a partir de 14 mm. Es decir, más grosor se asocia con mejores resultados, pero casi la mitad de las mujeres con el endometrio «fino» también tuvo un hijo. El mismo estudio deja otro detalle útil: la diferencia se concentraba en la transferencia en fresco, con un 27 % de nacidos vivos por debajo de 8 mm frente al 58 % a partir de 14 mm, mientras que lo que añadían después las transferencias de embriones congelados era parecido en todos los grupos, entre el 16,6 % y el 19,5 %. Y entre 7 y 9,9 mm, un estudio de más de 7.000 ciclos con transferencia de blastocisto no encontró diferencias en nacidos vivos una vez ajustados los demás factores. El grosor es un dato más, no una sentencia.
Si lo has leído en el informe tras un aborto o un parto
Tras un aborto o un parto es frecuente que el informe de la ecografía mencione el grosor endometrial, y que una cifra alta se lea como «tienes restos». No es tan sencillo. Una revisión de 248 estudios sobre cómo se diagnostican los restos después de un aborto encontró 55 puntos de corte distintos en los ensayos y 89 en los estudios observacionales. El más usado es un grosor de 15 mm o más, medido unas dos semanas después, pero el metaanálisis de su precisión no logró resultados sólidos. En el útero que acaba de vaciarse hay coágulos y decidua que ocupan sitio sin ser restos de placenta, y eso engorda el número sin cambiar el diagnóstico. Una revisión de 2025 sobre la ecografía de los restos lo resume así: el umbral de 15 mm se usa mucho, pero la variabilidad de los puntos de corte y su baja especificidad le restan fiabilidad, y además hay que distinguir los restos de coágulos, pólipos placentarios o malformaciones vasculares, que pueden verse parecidos.
Lo que más orienta es otra cosa: ver una masa ecogénica dentro de la cavidad y comprobar con Doppler si tiene flujo. En un estudio de 591 mujeres con factores de riesgo examinadas en las 48 horas tras el parto, se sospecharon restos en el 100 % de las que tenían vascularización marcada y solo en el 7 % de las que no la tenían. Cuando hay sospecha, muchas veces se empieza con misoprostol, que en ese estudio resolvió el 88 % de los casos sin cirugía. Así que, si en tu informe aparece un endometrio grueso, pregunta si se ha visto masa y flujo, y ten presentes los signos que sí importan: sangrado que aumenta en lugar de disminuir, fiebre, dolor que empeora o mal olor.