Dacrioestenosis
Obstrucción del conducto que lleva las lágrimas del ojo a la nariz, casi siempre porque una membrana del final del conducto no se ha abierto al nacer. El bebé tiene un ojo que lagrimea y hace legañas sin estar rojo. Afecta a uno de cada cinco bebés en su primer año y casi todas se resuelven solas antes de cumplirlo.
Un ojo que llora sin estar malo
Las lágrimas se fabrican en la glándula lagrimal, por encima del ojo, y se drenan por dos puntitos del borde de los párpados, junto a la nariz. De ahí pasan a un pequeño saco y bajan por el conducto nasolagrimal hasta el interior de la nariz. En muchos recién nacidos el final de ese conducto sigue cerrado por una membrana fina, la válvula de Hasner, que debería haberse abierto antes de nacer. La lágrima no tiene salida, se acumula y rebosa: el ojo parece siempre húmedo, la lágrima cae por la mejilla sin que el bebé llore y por la mañana aparecen legañas amarillentas en las pestañas.
Lo que distingue la dacrioestenosis de una conjuntivitis es que el blanco del ojo está blanco. Hay lagrimeo y legaña, pero el ojo no está rojo ni el párpado hinchado, y el bebé no parece molesto. Es muy frecuente: en el estudio clásico de MacEwen y Young, que siguió a 4.792 bebés durante su primer año, el 20 % tuvo signos de mal drenaje lagrimal en algún momento, y en el 95 % de ellos empezó durante el primer mes de vida. Puede afectar a un ojo o a los dos.
Se abre sola casi siempre, y el masaje sigue en discusión
El dato que más tranquiliza es el de ese mismo estudio: la obstrucción se fue resolviendo sola a lo largo de todo el año y el 96 % había desaparecido antes de que el bebé cumpliera uno. Los autores concluyeron que no había motivos para hacer un sondaje antes del año. Por eso lo habitual es esperar, limpiar y, como mucho, enseñar a los padres un masaje del saco lagrimal, conocido como masaje de Crigler: presionar con la yema del dedo en el ángulo interno del ojo, junto a la nariz, y deslizar hacia abajo para empujar el contenido del saco contra la membrana.
La evidencia sobre ese masaje es menos sólida de lo que sugiere lo mucho que se recomienda. Un ensayo aleatorizado chino publicado en 2026 comparó en 160 bebés menores de un año el masaje hecho por los padres durante tres meses con el sondaje en consulta, y el masaje no fue peor: se resolvió el 86 % frente al 84 %, aunque tardando más, casi cuatro semanas frente a una. El problema es que no había un grupo que solo esperara, así que no se puede saber qué parte fue el masaje y qué parte la resolución espontánea. Además, se hace mal con frecuencia: en una serie canadiense de 113 niños derivados al oftalmólogo, solo al 23 % le habían enseñado la técnica correctamente. Si te lo recomiendan, pide que te lo enseñen con las manos, no de palabra.
Si lo pone en el informe del pediatra: qué hacer y qué vigilar
En casa, lo útil es limpiar las legañas con una gasa o un algodón mojado en agua o suero, desde el lagrimal hacia fuera y con uno distinto para cada ojo, las veces que haga falta. No necesita colirio antibiótico mientras el ojo esté blanco: la legaña de la dacrioestenosis no es una infección, es lágrima estancada. Tampoco sirve la leche materna en el ojo ni ningún remedio casero. Si el pediatra te ha enseñado el masaje, hazlo con las uñas cortas y las manos limpias, varias veces al día, sin apretar sobre el globo del ojo.
Lo que obliga a consultar pronto es la dacriocistitis, la infección del saco lagrimal: aparece un bulto rojo, caliente y doloroso justo debajo del ángulo interno del ojo, a veces con fiebre o con un bebé irritable. En un recién nacido eso se valora el mismo día, porque puede necesitar antibiótico. También hay que consultar si el ojo se pone rojo, si el bebé rechaza la luz o si el lagrimeo viene con un ojo que parece más grande o más turbio que el otro, porque entonces hay que descartar otras causas. Si pasado el año sigue lagrimeando, el pediatra lo derivará al oftalmólogo, que valorará el sondaje del conducto.