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Nidar
— Glosario · Letra C

Corioamnionitis

Inflamación o infección de las membranas que rodean al bebé y del líquido amniótico, casi siempre por bacterias que ascienden desde la vagina. La forma clínica —con fiebre materna— se trata con antibióticos intravenosos y finalizando el embarazo. Distinta es la corioamnionitis histológica, un hallazgo del estudio de la placenta que a menudo no dio ningún síntoma.

Por qué el nombre está cambiando: la «triple I»

«Corioamnionitis» significa literalmente inflamación del corion y del amnios, las dos capas de las membranas que envuelven al bebé. El problema del término es que se ha usado durante décadas para etiquetar cosas muy distintas: desde una mujer con fiebre alta y útero doloroso en el paritorio hasta un hallazgo microscópico en la placenta de un parto que fue normal. En 2015 un panel de expertos convocado por el NICHD propuso sustituirlo por una expresión más descriptiva, «inflamación o infección intrauterina, o ambas», abreviada como «triple I». La razón de fondo es sencilla y conviene tenerla clara desde el principio: no toda corioamnionitis es una infección. Existe la inflamación intraamniótica estéril, desencadenada por señales de daño sin ninguna bacteria demostrable, y el mismo panel subrayó que una fiebre materna aislada no es sinónimo de corioamnionitis.

El cambio de nombre no ha triunfado del todo. Revisiones recientes reconocen que la abreviatura no ha calado y siguen usando «corioamnionitis clínica» por comodidad, así que es probable que en tu informe aparezca todavía la palabra de siempre. Lo que sí ha cambiado es la manera de pensarla: se distingue la corioamnionitis clínica, un diagnóstico que se hace durante el parto con signos maternos, de la corioamnionitis histológica, que es lo que el patólogo ve al microscopio en la placenta después. Son dos cosas diferentes y no se corresponden bien entre sí. Y si lo que has leído menciona el cordón umbilical en lugar de las membranas, entonces se trata de funisitis, que es la respuesta inflamatoria del bebé y tiene su propia ficha.

Los criterios que usan en el paritorio, y lo mal que aciertan

La definición operativa que manejan hoy los protocolos exige fiebre materna documentada de 38,0 °C o más junto con al menos uno de estos signos: taquicardia fetal, leucocitosis materna por encima de 15.000 por mm³ o secreción cervical purulenta. Los criterios anteriores eran más laxos —incluían la taquicardia materna y el dolor a la palpación del útero como suficientes— y al estrecharlos quedó fuera una parte de las mujeres que antes se trataban: en una cohorte de 229 mujeres que cumplían los criterios viejos, el 22,3 % ya no cumplía los nuevos. El detalle importante es cuánto se equivoca el diagnóstico clínico en la dirección contraria. En una serie de 12.332 partos a término, 171 mujeres (el 1,4 %) recibieron el diagnóstico de corioamnionitis clínica durante el parto, y al estudiar después la placenta solo el 56,1 % tenía corioamnionitis histológica grave. Es decir, casi la mitad de los diagnósticos que se ponen en el paritorio no se confirman, y los propios autores lo formulan así: el diagnóstico clínico tiene un valor predictivo positivo bajo.

El tratamiento tiene dos patas y la segunda es la que sorprende a mucha gente. La primera son los antibióticos intravenosos durante el parto; la pauta de primera línea más recomendada es simple, ampicilina o amoxicilina junto con gentamicina en dosis única diaria, aunque la propia literatura admite que no hay ensayos suficientes para afirmar cuál es el mejor régimen. La segunda es que la corioamnionitis no se cura solo con antibióticos: mientras el embarazo continúe, el foco sigue dentro, así que hay que finalizarlo. Eso no significa cesárea automática —la vía del parto se decide como siempre, y la corioamnionitis por sí sola no es indicación de cesárea—, significa que no se opta por esperar. Ahí está la diferencia práctica con la funisitis, que es un hallazgo posterior sobre el que ya no se puede actuar. El factor de riesgo más conocido es la rotura de membranas prolongada, porque abre la vía de ascenso a las bacterias de la vagina; por eso al romper aguas se cuenta el tiempo y se pregunta por el cultivo de estreptococo del grupo B.

Te lo han dicho en el parto, o lo has leído semanas después

Si el diagnóstico se puso durante el parto, lo que va a pasar con tu bebé es una evaluación de sepsis neonatal precoz: observación de constantes durante las primeras horas, analítica si hay algún signo y antibióticos si la sospecha se mantiene. Merece la pena tener la escala real en la cabeza, porque la palabra «sepsis» asusta mucho más de lo que dicen los números. En una serie de 179.147 nacimientos, la sepsis precoz confirmada apareció en 0,88 por cada 1.000 recién nacidos. La inmensa mayoría de los bebés expuestos a una corioamnionitis no desarrollan sepsis; lo que hacen es pasar unas horas vigilados, y muchos de ellos ni siquiera llegan a recibir antibióticos. Que haya vigilancia no es un pronóstico, es un protocolo. Y no impide el piel con piel ni la lactancia, que se mantienen siempre que el estado de los dos lo permita.

El otro escenario es distinto y mucho más frecuente de lo que parece: el informe de anatomía patológica de la placenta llega semanas después de un parto que recuerdas como normal, y pone «corioamnionitis aguda». Aquí lo primero es separar las dos categorías. La corioamnionitis histológica es un hallazgo microscópico frecuente y muchas veces completamente asintomático: aparece sin que la madre haya tenido fiebre, dolor ni ningún otro signo. No es el mismo diagnóstico que te habrían dado en el paritorio, no se trata retrospectivamente y no cambia nada de lo que hay que hacer hoy con un bebé que está bien. Lo razonable es llevar el informe a la revisión del pediatra y a la consulta posparto, sobre todo si el parto fue prematuro, porque ahí sí puede ser una pieza útil para entender por qué se adelantó y para plantear el seguimiento de un embarazo futuro. Si el bebé nació a término y está sano, el informe es información, no una tarea pendiente.