Toxoplasma
Parásito que se contrae sobre todo al comer carne poco hecha o curada, verdura mal lavada o manipular tierra; el contacto con el gato pesa mucho menos de lo que se cree. La primoinfección durante el embarazo puede causar problemas graves al bebé. Si no tienes inmunidad, las medidas son sencillas: carne bien cocinada, lavar frutas y verduras, y guantes para la tierra y la carne cruda.
La paradoja de las semanas: más contagio al final, más daño al principio
Si una mujer se infecta por primera vez de toxoplasma durante el embarazo, el parásito no siempre llega al feto, y la probabilidad cambia muchísimo según la semana. El estudio de referencia, con 603 infecciones maternas confirmadas en el laboratorio de Lyon, con seguimiento de los niños infectados durante una mediana de 54 meses, calculó una transmisión global del 29 %, pero con una subida muy pronunciada: alrededor del 6 % si la infección ocurre en la semana 13 y hasta el 72 % si ocurre en la 36. El metaanálisis europeo SYROCOT, con 26 cohortes, lo confirmó: cada semana más de embarazo en el momento de la infección aumenta el riesgo de transmisión.
La otra mitad de la paradoja es que el daño va al revés. Los fetos infectados al principio del embarazo tienen muchas más probabilidades de mostrar signos de la infección, y en SYROCOT el riesgo de lesiones cerebrales baja con cada semana de gestación, aunque el de lesiones en los ojos no cambia de forma clara. Los dos efectos se compensan, y por eso el momento de más riesgo de tener un niño con signos precoces no es el primer trimestre sino el tramo entre las semanas 24 y 30, con alrededor de un 10 %. Una infección al final del embarazo se transmite casi siempre, pero suele dar una infección sin síntomas al nacer que se vigila y se trata en el niño. Por eso la cifra de transmisión, sola, sirve de poco para aconsejar a una mujer concreta: lo que importa es cómo se cruzan las dos curvas en su semana.
El cribado en España, y lo que la evidencia sabe del tratamiento
En España no hay una recomendación oficial única sobre si hacer la serología de toxoplasma en el embarazo, y eso explica que a una amiga se la hayan pedido en cada trimestre y a ti ni una vez. Una encuesta de la red española de investigación en toxoplasmosis congénita, REIV-TOXO, a 118 hospitales de todas las comunidades encontró que solo el 53,3 % hacía cribado, con diferencias entre regiones e incluso entre hospitales de la misma. En esos hospitales, lo más habitual era repetir la serología en cada trimestre. El argumento a favor de mantenerlo también sale de esa encuesta: el 89,4 % de los casos de toxoplasmosis congénita diagnosticados entre 2015 y 2021 se detectaron gracias al cribado del embarazo.
El argumento en contra es que la evidencia sobre el tratamiento es menos firme de lo que se suele contar. Con los datos individuales de 1.438 madres tratadas, SYROCOT encontró una asociación débil entre empezar el tratamiento en las tres primeras semanas tras la infección y una menor transmisión, comparado con empezarlo pasadas ocho semanas, y, en 550 bebés infectados, ninguna prueba de que el tratamiento prenatal redujera las manifestaciones clínicas antes del año de vida. Los propios autores concluyeron que solo un gran ensayo aleatorizado podría resolverlo. Por eso la espiramicina, que es el tratamiento que se da para intentar frenar el paso a la placenta, se usa con prudencia: tiene lógica y es segura, pero su beneficio no está demostrado con la solidez que se le atribuye.
Si en tu análisis pone IgG o IgM positiva
La serología tiene dos anticuerpos y conviene leerlos por separado. IgG positiva e IgM negativa significa que te infectaste en algún momento antes del embarazo y ya estás protegida: no hacen falta más análisis de toxoplasma ni precauciones especiales. IgG e IgM negativas significa que no has pasado la infección, y es la situación en la que tienen sentido las precauciones con la carne poco hecha, la verdura sin lavar y la tierra. La que asusta es la IgM positiva, y es la que más se malinterpreta: la IgM puede seguir detectándose meses después de una infección antigua, de modo que una IgM positiva, por sí sola, no quiere decir que la infección sea reciente.
Para aclararlo se hace el test de avidez de la IgG, que mide con qué fuerza se unen los anticuerpos al parásito: en una infección antigua esa unión es fuerte. Un metaanálisis de 67 estudios calculó que alrededor del 2,1 % de las embarazadas analizadas tienen IgM positiva y que, entre las embarazadas con IgM positiva, solo alrededor del 30 % tenían avidez baja, lo que significa que en la mayoría de los casos la IgM positiva correspondía a una infección antigua. Una avidez alta en el primer trimestre descarta que la infección sea de los últimos meses; una avidez baja no la confirma, solo obliga a seguir estudiando. Si te dicen que la infección es probablemente reciente, lo que sigue es derivarte a una unidad de medicina fetal, empezar tratamiento y valorar una amniocentesis para saber si el feto está infectado, junto con ecografías de control. Si no te han pedido la serología y te preocupa, puedes preguntarlo en la primera analítica.
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