Citomegalovirus
Virus de la familia del herpes, muy común y casi siempre inofensivo en adultos, que es la causa más frecuente de infección congénita: si la madre se infecta durante el embarazo puede pasar al bebé y, sobre todo si ocurre en el primer trimestre, dejar sordera u otras secuelas. La mejor prevención es la higiene con niños pequeños.
La infección congénita más frecuente, y la menos conocida
El citomegalovirus, que en los informes aparece como CMV, es un pariente del virus del herpes. En un adulto sano pasa casi siempre sin pena ni gloria, como un catarro o sin ningún síntoma, y después se queda latente en el cuerpo de por vida, como el resto de su familia. Por eso la mayoría de las embarazadas ya lo han pasado: en Europa tienen anticuerpos entre el 50 % y el 85 %. El problema aparece cuando el virus cruza la placenta. Según el consenso europeo de 2024, la infección congénita afecta al 0,64 % de los recién nacidos en el mundo, lo que la convierte en la más frecuente de todas, y entre el 17 % y el 20 % de esos niños tendrán secuelas serias a largo plazo, sobre todo pérdida de audición.
No todas las infecciones de la madre pesan igual. Una primoinfección, la primera vez que te contagias, ocurre en el 1-2 % de los embarazos y pasa al bebé en torno al 32 % de las veces. Si ya tenías el virus, puede reactivarse o puedes contagiarte de otra cepa, pero la transmisión es mucho menos probable, probablemente por debajo del 3,5 %. Y el dato que más ordena todo lo demás: las secuelas se concentran en las infecciones maternas del primer trimestre. Una primoinfección en el tercer trimestre se transmite más a menudo, pero rara vez deja daño, hasta el punto de que el consenso europeo no recomienda seguimiento de la audición a esos niños si nacen oyendo bien.
Por qué no se mira de rutina, y por qué el debate ha cambiado
Durante años la respuesta a «¿por qué no me hacen la serología del citomegalovirus?» fue sencilla: no había nada que ofrecer si salía positiva. El consenso internacional de 2017 no apoyaba el cribado universal de las embarazadas. Además, el análisis es fácil de malinterpretar. La IgG dice que has pasado el virus en algún momento; la IgM sugiere algo reciente, pero puede seguir positiva mucho tiempo. Para desempatar existe el test de avidez de la IgG: si la IgM y la IgG son positivas y la avidez es alta, se descarta una primoinfección en los últimos 90 días aproximadamente. Por eso una IgM positiva aislada no significa que el bebé esté infectado, ni siquiera que tú te hayas infectado ahora.
Lo que ha cambiado el panorama es un ensayo israelí publicado en The Lancet en 2020. A mujeres con primoinfección en el primer trimestre o justo antes de concebir se les dio valaciclovir a dosis altas, 8 gramos al día, o placebo. La amniocentesis salió positiva en el 11 % del grupo tratado frente al 30 % del placebo; limitándose a las infecciones del primer trimestre, un 11 % frente a un 48 %. Es un ensayo pequeño, de 90 mujeres analizadas, pero bastó para que el consenso europeo de 2024 recomiende el valaciclovir cuanto antes tras el diagnóstico y plantee valorar la serología universal en el primer trimestre según la situación de cada país. Como la ventana útil es corta y la serología no se recomienda después de la semana 16 salvo que la ecografía muestre algo, si quieres saber tu situación conviene preguntarlo en la primera visita.
Lo que sí está en tu mano, y qué pasa con el bebé al nacer
El principal factor de riesgo de contagiarte en el embarazo es convivir o trabajar con niños pequeños, porque los niños infectados eliminan el virus por la orina y la saliva durante mucho tiempo. La higiene funciona, y hay datos: en un estudio italiano con embarazadas sin anticuerpos, las que recibieron consejos de higiene se infectaron en un 1,2 % frente al 7,6 % del grupo de comparación. Los consejos son poco glamurosos y eficaces: lavarse las manos después de cambiar pañales, sonar mocos o recoger juguetes babeados; no compartir cubiertos, vasos ni la comida del plato de tu hijo pequeño; y besarle en la mejilla o la cabeza en vez de en la boca. Si tienes un niño en la guardería o trabajas en una, son para ti.
Si durante el embarazo se ha confirmado una primoinfección, o la ecografía muestra hallazgos compatibles, al bebé se le hace una PCR del virus en orina o en saliva, y tiene que ser en las tres primeras semanas de vida: pasado ese plazo ya no se puede saber si se contagió antes o después de nacer. Hay un recurso poco conocido: la gota de sangre seca de la prueba del talón puede analizarse después para un diagnóstico retrospectivo, aunque con menos sensibilidad. Y un consejo práctico: si tu bebé no pasa la prueba de audición del recién nacido, pregunta por el citomegalovirus, porque el consenso europeo recomienda estudiarlo en cualquier bebé con sospecha de sordera al nacer. Si se confirma, el tratamiento con valganciclovir se empieza antes del mes de vida en los bebés con síntomas o con pérdida auditiva.