Pelvimetría
Medición de los diámetros de la pelvis materna, por tacto, radiografía, TC o resonancia, para estimar si permite el paso del bebé. Hoy apenas se usa: en presentación cefálica no se recomienda, porque aumenta las cesáreas sin mejorar los resultados del recién nacido. Su uso residual se limita a algunos protocolos de parto de nalgas y a deformidades pélvicas conocidas.
Qué se medía, cómo y para qué
La pelvimetría es la medición de los diámetros de la pelvis materna con la idea de saber si el bebé cabe. Se ha hecho de cuatro maneras. La clínica, con los dedos en la exploración vaginal, buscando el conjugado diagonal —la distancia del borde inferior del pubis al promontorio del sacro— y palpando la forma del arco púbico y la prominencia de las espinas ciáticas. La radiológica, con radiografías, que fue la clásica durante décadas. Y las modernas, por tomografía computarizada y por resonancia magnética, que son las únicas que se usan hoy y solo en situaciones muy concretas, porque no irradian, en el caso de la resonancia, y dan medidas reproducibles.
Los diámetros que todavía se nombran en un informe son tres. El conjugado obstétrico, también llamado promontorretropubiano, que es la distancia del promontorio del sacro a la cara posterior del pubis y describe la entrada de la pelvis; ronda los 12 o 13 centímetros. El diámetro interespinoso, entre las dos espinas ciáticas, que describe el punto más estrecho del canal, la excavación media. Y el diámetro intertuberoso o biisquiático, entre las dos tuberosidades isquiáticas, que describe la salida. La lógica era intuitiva y por eso convenció durante tanto tiempo: si esas cifras están por debajo de cierto valor, habría que sospechar que el parto vaginal va a fracasar y programar una cesárea. La pega es que esa lógica nunca se sostuvo cuando se puso a prueba.
Por qué prácticamente se dejó de hacer
La revisión Cochrane sobre pelvimetría en fetos en presentación cefálica al final del embarazo reúne cinco ensayos aleatorizados con 1.159 mujeres, todos con pelvimetría radiológica. El resultado es el que explica el abandono de la prueba: las mujeres a las que se hizo pelvimetría tuvieron más cesáreas, con un riesgo relativo de 1,34 y un intervalo de confianza del 95 % de 1,19 a 1,52. Y a cambio de esas cesáreas de más, no hubo ninguna diferencia clara en lo que importa del lado del bebé: mortalidad perinatal con un riesgo relativo de 0,53 (intervalo de 0,19 a 1,45), asfixia perinatal 0,66 (de 0,39 a 1,10), ingreso en cuidados especiales 0,20 (de 0,01 a 4,13). Tampoco hubo diferencias en infección de la herida, transfusión o dehiscencia de la cicatriz. La calidad de la evidencia es baja para la cesárea y muy baja para el resto, pero la dirección es consistente: la prueba cambia la decisión del obstetra y no cambia el resultado del recién nacido.
El motivo de fondo es que la pelvimetría mide algo estático para predecir algo dinámico. En el parto, la pelvis no es un anillo rígido de medidas fijas: las articulaciones sacroilíacas y la sínfisis del pubis tienen cierto juego durante el embarazo, y los diámetros útiles cambian con la postura —ponerse en cuclillas o en cuadrupedia no abre la pelvis igual que estar tumbada boca arriba—. Del otro lado, la cabeza del bebé tampoco es una esfera rígida: se flexiona, rota y se moldea, cabalgando los huesos del cráneo por las suturas, que es exactamente para lo que sirven las fontanelas. Hay incluso datos que apuntan en esa dirección: en una serie de 80 mujeres con presentación podálica que intentaron parto vaginal con resonancia previa, el conjugado obstétrico de las que parieron por vía vaginal fue de 12,9 cm frente a 12,4 cm en las que acabaron en cesárea intraparto, una diferencia estadísticamente significativa pero clínicamente diminuta, y en el análisis fueron las variables del curso del parto, no las medidas de la pelvis, las que mejor discriminaron. En otro estudio con 67 nulíparas con podálica, el conjugado obstétrico, el interespinoso y el intertuberoso no se asociaron con la cesárea intraparto.
Si te han pedido una pelvimetría o te han dicho que tienes la pelvis estrecha
En un embarazo con el bebé de cabeza, hoy no se pide pelvimetría, y si te la han propuesto es razonable preguntar qué decisión concreta va a cambiar el resultado. El uso residual que sí existe está en otras situaciones: sobre todo en la valoración de un parto vaginal de nalgas, donde algunos protocolos piden resonancia o tomografía antes de aceptarlo, y en casos excepcionales de deformidad pélvica conocida —secuelas de una fractura de pelvis, raquitismo, ciertas displasias óseas—, que es donde una medida anormal de verdad sí aporta información. Fuera de eso, la prueba está fuera de las recomendaciones.
Y si lo que te han dicho es que tienes «la pelvis estrecha», merece la pena poner las cosas en su sitio: eso, por sí solo, no predice nada sobre tu parto. La estatura baja, un peso bajo o una impresión al tacto no son un diagnóstico de nada; la forma de la pelvis se juzga mucho peor de lo que parece y ni siquiera la medida objetiva por resonancia acierta a nivel individual. Lo que sí bloquea un parto con frecuencia no es el tamaño de la pelvis sino la posición del bebé —una cabeza deflexionada o en occipitoposterior ocupa más y encaja peor—, y eso se puede modificar durante el parto con movimiento y cambios de postura. Si alguna vez te hicieron una cesárea «por desproporción céfalo-pélvica», tampoco des por hecho que no puedes parir: ese diagnóstico se pone retrospectivamente y muchas mujeres con esa etiqueta paren después por vía vaginal sin problemas. La pregunta útil no es cuánto mide tu pelvis, sino cómo se va a acompañar tu parto.