El masaje infantil no es un extra, ni una actividad de clase de estimulación temprana. Es contacto físico estructurado con un bebé que necesita tacto: cualquier madre o padre puede hacerlo en casa, con las manos, un poco de aceite de girasol (o ninguno) y diez minutos de calma. Conviene, eso sí, saber qué se puede esperar de él y qué no.
En bebés prematuros, una revisión Cochrane encontró que el masaje en la unidad neonatal se asociaba a algo más de ganancia de peso (unos 5 gramos al día), aunque los propios autores advierten de que los estudios tienen problemas de calidad serios. En bebés sanos nacidos a término, la revisión Cochrane de 2013 (34 estudios) encontró resultados favorables en llanto, sueño y crecimiento, pero casi todos desaparecían al quedarse solo con los estudios bien hechos, y concluyó que la evidencia no basta para recomendarlo de forma general a familias sin factores de riesgo.
Dicho de otro modo: no hace falta para que tu bebé crezca bien, y no hay que venderlo como un tratamiento. Pero es un rato tranquilo de contacto y atención que a muchos bebés les gusta, a muchas familias les sirve para conocer a su hijo y engancharse a una rutina, y que no tiene riesgos si se respetan sus señales. Con eso basta como motivo.
Cuándo empezar y cuándo no dar masaje
Puedes empezar desde las primeras semanas de vida, una vez que el cordón umbilical ha caído y la zona ha cicatrizado bien. No hay una semana exacta de inicio: lo que importa es que el bebé esté en un estado de alerta tranquila —despierto pero relajado, sin hambre ni sueño inmediato— y que tú puedas dedicarle diez o quince minutos sin interrupciones.
Hay situaciones en las que el masaje no es adecuado. No lo des si el bebé tiene fiebre, si tiene una infección cutánea o herida en la zona que vas a masajear, sobre la zona del pinchazo si acaba de vacunarse (puede estar sensible un par de días), o si está en pleno llanto sin haberse calmado. Y hay que prestar atención a sus señales durante el masaje, no solo antes: si en algún momento aparta la vista, arquea la espalda, se pone rígido o aumenta la inquietud, ese no es el momento.
El aceite: qué usar y qué evitar
El aceite de oliva es el más utilizado en España por costumbre y disponibilidad, pero no parece la mejor opción. En un estudio de la Universidad de Sheffield (2013), aplicar aceite de oliva en la piel durante cuatro semanas deterioró la barrera cutánea y causó un ligero enrojecimiento, mientras que el de girasol la conservaba e hidrataba. Ese estudio se hizo en adultos, pero sus autores desaconsejan el aceite de oliva para el masaje infantil, porque una barrera cutánea dañada favorece el eccema. El ácido oleico, abundante en el aceite de oliva, es el sospechoso.
La alternativa que se suele recomendar es el aceite de girasol, más rico en ácido linoleico. Aun así, un pequeño ensayo británico con recién nacidos (2016) comparó oliva, girasol y nada: ambos aceites hidrataban, pero la capa lipídica de la piel maduraba algo mejor sin aceite, así que sus autores piden prudencia. En la práctica: en las primeras semanas, si la piel está bien, puedes dar el masaje sin aceite o con muy poco; si usas, que sea de girasol o uno específico para bebés sin perfume. Evita los aceites esenciales (demasiado concentrados e irritantes para la piel de un bebé) y cualquier producto con fragancias.
La cantidad de aceite debe ser pequeña —unas pocas gotas calentadas entre las palmas antes de empezar— y el contacto debe ser firme pero suave. Las caricias demasiado ligeras, tipo cosquillas, son más estimulantes que relajantes y pueden generar incomodidad.
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La técnica básica
No hace falta ninguna formación especial para dar un masaje a tu bebé. Lo que sí ayuda es seguir un orden consistente: el bebé aprende a anticipar lo que viene y eso tiene un efecto calmante en sí mismo.
Piernas y pies. Empieza aquí. Las piernas son la zona menos sensible para la mayoría de los bebés y un buen punto de entrada. Envuelve el muslo con ambas manos y desliza hacia el pie con presión suave y uniforme, como si exprimes de forma muy leve. Tres o cuatro veces por pierna. Luego trabaja el pie: el talón, la planta con el pulgar haciendo pequeños círculos, y cada dedo de forma individual. Es una zona con mucha densidad de terminaciones nerviosas.
Abdomen. Usa la palma de la mano en movimientos circulares en el sentido de las agujas del reloj (visto desde ti, que estás frente al bebé), que es el sentido en que avanza el contenido del intestino grueso. A muchos bebés con gases les resulta agradable. Puedes añadir el movimiento de "I love U", siempre tomando como referencia los lados del bebé: una I bajando por su lado izquierdo (a tu derecha); una L invertida que cruza bajo las costillas de su lado derecho a su lado izquierdo y baja; y una U invertida que sube por su lado derecho, cruza y baja por su lado izquierdo.
Pecho. Coloca ambas manos en el centro del pecho y desliza hacia los lados siguiendo las costillas, como si abrieras un libro. Luego, desde el centro del pecho hacia el hombro contrario, en movimiento cruzado y suave.
Espalda. Coloca al bebé boca abajo, despierto y sin perderle de vista, asegurándote de que la cabeza está girada hacia un lado y que puede respirar con facilidad. Desliza las palmas desde los hombros hacia los glúteos con presión suave y constante. Pequeños círculos a ambos lados de la columna —sin presionar sobre los huesos— y luego el mismo movimiento de arriba a abajo. La espalda suele ser la parte que más les gusta.
La sesión completa puede durar entre diez y veinte minutos. Si el bebé se queda dormido antes de terminar, no pasa nada: es la respuesta más directa de que estás haciendo algo que funciona.
Señales de que el bebé quiere parar
Leer las señales de parada es tan importante como la técnica. Un bebé que quiere seguir mantiene el contacto visual, vocaliza, sonríe, tiene el cuerpo relajado. Un bebé que necesita que pares suele mostrar alguno de estos signos: aparta la vista o gira la cabeza, cierra los ojos con fuerza, pone la mano entre su cara y la tuya, se pone rígido, llora o aumenta claramente la inquietud. Cuando eso pasa, no tienes que interpretar el signo: simplemente para.
Respetar esas señales no arruina el masaje. Es parte del masaje. Le enseñas al bebé que sus señales tienen efecto en el mundo —que cuando comunica algo, alguien responde— y eso tiene valor más allá de los quince minutos de contacto.
No necesitas un diploma, ni una camilla especial, ni aceites de importación. Necesitas tus manos, si acaso unas gotas de aceite de girasol templadas entre las palmas y diez minutos sin móvil. La mayoría de los bebés responden bien desde la primera vez, y la práctica hace el resto.
